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Uno.


            Era una mañana fría de invierno, abrió la puerta del café un hombre. Parecía de mal humor. Se sentó en la mesa mas chica que está pegada a la enorme ventana y me pidió un café negro. De fondo, en la radio, se escuchaba a un contento presidente entregar Telefónica a una empresa española. Nadie en el café sabía quién era el hombre, no era cliente habitual
            Cada media hora lo visitaba alguien, le daba la mano, me pedía un vaso de agua para el invitado, que firmaba un papel y se retiraba.
            No había entre las personas caracteristicas similares, eran flacos, bajos, altos, morenos. Incluso me pareció que algunos eran extrajeros. Nos llamaba la atención la actitud de las personas.           Algunos a los que les tocó madrugar, se iban contentos, lo saludaban. Otros en cambio, lloraban, le gritaban. Pensé, en un momento, que uno lo iba a golpear.
            El señor de camisa y pantalón oscuro siempre sostuvo su postura, duro, sin ningún gesto de más, con el pelo tirante por el gel. Les daba el agua, firmaban y se iban.
            Por un rato largo al café no entró nadie y el teléfono sonó. Atendí porque el jefe de barra no estaba.
            Hola, buenas tardes.
            Buenas tardes, ¿cómo le va? ¿Podría decirme usted si hay un hombre de pantalón oscuro y camisa frente al ventanal?
            Sí, hay un hombre así hace un rato largo.
            ¿Tiene una lapicera y un papel para tomar nota?
            Sí, aguarde un segundo.
            ¿Ya está?
            Sí, dígame.
            Escriba lo siguente por favor: “En carácter de gerente general solicité al personal de maestranza retirar todas sus pertenecias del escritorio que hasta hoy le pertenecía, en 24 horas debería llegarle el telegrama de despido”. ¿Sigue ahí?
            Sí, lo escuché. Disculpe.
            Bien, ahora se sienta frente a ese hombre de camisa blanca, le entrega la nota y le da un vaso de agua.

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